STARDUST Y LA FIDELIDAD
1. La Fidelidad está en mí.
La fidelidad no nace de
la relación con otra persona; nace en la relación que cada ser humano mantiene
consigo mismo.
Tradicionalmente se
ha entendido la fidelidad como la obligación de no fallarle a la pareja. En el
lenguaje cotidiano suele reducirse a "no sacar la vuelta". Sin
embargo, esa es apenas una de sus manifestaciones y quizá la última
consecuencia de un valor mucho más profundo.
La verdadera fidelidad
consiste en ser coherentes con nuestra propia conciencia, con nuestros
principios y con la promesa que nos damos a nosotros mismos.
Cada vez que actuamos
deliberadamente en contra de aquello que sabemos correcto, comenzamos a romper
esa fidelidad interior.
Ser fiel significa vivir en armonía
con lo que creemos, pensamos y hacemos.
Por eso, la fidelidad comienza cuando
cuidamos nuestra salud, respetamos nuestro cuerpo, protegemos nuestra vida,
cumplimos nuestros compromisos y honramos nuestras decisiones, cuando sabemos
que una conducta nos perjudica y, aun así, la repetimos conscientemente, no
estamos traicionando únicamente una norma externa: estamos debilitando la
confianza que tenemos en nosotros mismos.
La fidelidad es, antes que una
obligación hacia los demás, un acto de respeto hacia nuestra propia dignidad.
2. La Infidelidad como
pérdida de la coherencia
La infidelidad no
produce daño cuando otra persona descubre lo ocurrido. El daño ocurre en nosotros
en el mismo momento del acto de infidelidad.
Cada acto consciente
que contradice nuestros propios valores rompe la unidad entre lo que pensamos y
lo que hacemos. Esa ruptura debilita nuestra integridad y erosiona la confianza
que podemos tener en nosotros mismos.
Por ello, la
infidelidad no debe entenderse solamente como una falta hacia otra persona,
sino como una renuncia a nuestra propia coherencia.
La irresponsabilidad y
la falta de respeto hacia uno mismo son el terreno donde crece toda forma de
infidelidad.
Quien pierde la
fidelidad consigo mismo termina, tarde o temprano, perdiéndola también con los
demás.
3. La ilusión de vivir
fragmentados
La sociedad moderna nos
ha acostumbrado a pensar que podemos dividir nuestra ética según las
circunstancias.
Escuchamos frases como:
"Soy un buen padre, aunque sea
un mal juez." "Soy un excelente profesional, aunque engañe a mis
clientes." "Soy una buena persona, pero incumplo las reglas cuando
nadie me observa."
Esta fragmentación es
una ilusión. No existen muchas personas dentro de una sola. Somos una única
persona que actúa en distintos escenarios. La integridad no cambia según el
lugar donde nos encontremos.
Cada decisión fortalece o debilita
nuestro carácter completo.
Cuando una persona justifica pequeñas
infidelidades a sus propios principios, termina construyendo un modelo de
incoherencia que inevitablemente transmite a quienes la rodean, especialmente a
sus hijos.
La fidelidad es precisamente aquello
que mantiene unida nuestra identidad.
